Lo Que Me Pasó Al Multiplicar X8 Mi Consumo De Redes Sociales. Una historia de la vida real.

¡Neuronas para tu Finde!​ ​

Sabiduría científica para inspirar y crecer tu mente. Porque sólo cuando crece tu Mente, crece tu Empresa.

 

Hace pocas semanas, preocupado por la situación política de mi país, decidí coger las armas e irme a la guerra. Partí hacia ella en un acto de patriotismo obediente, sabiendo el peligro en el que me embutía. O eso creía. Y, aunque eso de hacer patria fue lo que me puso a andar, la verdad es que también pudieron mis ganas de estudiar a fondo la estrategia de nuestro primer mandatario con el fin de deshebrarla y luego explicarla como quien entrega un informe forense de la autopsia practicada. Esto, a pesar de que todavía no ha muerto. Todavía. 

De cualquier manera, al abrir X, o Twitter (nombre más bonito por muy genio que sea Elon), ingresé a aquel terreno balístico inusitado en el que casi se escuchan las bombas detonar y las metralletas cantar. Es el campo de guerra del siglo XXI, donde las armas siguen siendo accionadas por nuestros dedos, sólo que en lugar de disparar ojivas que explotan dentro de otros cuerpos destruyendo su integridad física, disparan palabras que explotan dentro de otras cabezas con el objetivo de destruir sus percepciones, o de transformarlas. La sofisticación de la guerra. 

Como la adrenalina de la acción es adictiva, después de torear algunos torpedos, de acusar otros, y de celebrar varios derribamientos de naves, empecé a sentir la necesidad de vivir cada vez más tiempo en ese mundo de sangre prosística. Antes de haber decidido salir a la guerra, en mi vida de civil, podía durar aproximadamente 20 minutos diarios entre una y otra red social, no mucho más que eso, y muchas veces menos que eso. Pero ahora, poco a poco, Twitter me iba succionando como un agujero que, aunque dejaba pasar la luz, atrapaba cualquier lumen de intención y pensamiento. No diré ahora que es como una lombriz que se adueña de tu cerebro para despojarte de cualquier autonomía. Tampoco. Pero cierto es que, al cabo de poquísimos días, estaba yo inmerso en aquel terreno bélico como Pedro por su casa. Como imagino que ocurre con el drogadicto decadente. 

Metido ahí observaba yo, maravillado, la pirotecnia fantástica que la guerra lanza por los aires. Al punto que cada vez más me entusiasmaba de lanzar embestidas flanqueadoras a aquellos que observaba perpetrar ataques canallas. Al principio las lanzaba tímidas para luego irme a refugiar a la guarida de mi silencio, al mejor estilo guerrillero. Pero al poco tiempo comencé a soltar bombas más elaboradas y decididas, a pesar de que, en este mundo bélico, al estar tan atiborrado de soldados y mercenarios, es poco lo que resuenan tus operaciones, más cuando se es apenas un aficionado de estas lides. En cualquier caso, las lanzaba, pero con el entusiasmo y la esperanza del novato que espera escuchar detonaciones tronadoras que hagan que todo el mundo voltee a verlo. Pero fueron pocos. La pólvora venía medio húmeda. 

Traté de no desconcentrarme de mi objetivo. Debía recabar toda la información necesaria para crear un diagnóstico, lo más serio y científico posible, de la estrategia de nuestro primer mandatario. Con esa consigna me moví por campos minados, trincheras, tiendas de campaña, y otras bestialidades propias del conflicto, como manicomios de izquierda y espías de derecha. Y poco a poco fui dándome cuenta que mis granadas cada vez ganaban más atención. 

Al cabo de tres semanas era otro. Quizás un mercenario más. Acaso un yonqui. Aquí la recapitulación objetiva de mi observación: 

  1. Culminé mi investigación con éxito. Escribí un artículo al respecto (que puedes leer en el newsletter de CriteriumLab en Linkedin llamado Diarios de la Mente). 
  1. Quedé enganchado con hacer la guerra y no la paz, al punto que mis horas diarias promedio en Twitter subieron a casi tres. Había multiplicado X8 mi vida en redes sociales, y poco podía hacer al respecto. Era como si, al fin y al cabo, sí fuera un gusano quien tomara control de mi libre albedrío. 
  1.  Antes, venía con una vida encarrilada en la disciplina por cumplir y saborear mis propósitos de vida: 
  • Hacía ejercicio cuatro veces por semana, con muy pocas faltas.
  • Trabajaba concentrado, sometido a un reducido número de distracciones. Puedo decir, que me distraía con el celular, tal vez una vez cada hora, en promedio.
  • Trabajaba casi a diario en la construcción de nuevos proyectos.
  • Leía libros todas las noches; me instruía a diario y/o me dejaba llevar por novelas fantásticas. 

Al término de esas tres semanas, falté a más del 40% de mis jornadas de ejercicio físico. Más allá de eso, me costaba mantener la disciplina de los tipos de ejercicio que me había originalmente propuesto hacer cada día de la semana. Ahora fallaba un día y los pasaba para otro, y tal vez para uno distinto. Desorden puro. 

Empecé a ser presa del celular. Pasé de aproximadamente una distracción por hora a entre 3 y 6. 

Reduje en un 80% mi contribución a nuevos proyectos.
Reduje la lectura de libros en, más o menos, un 60%. 

  1. Antes meditaba entre 2 y 3 veces por semana. Ahora tenía poco tiempo para ello, y si lo hacía una vez a la semana, tenía suerte. 
  1. Comencé a darme cuenta que mi patrón de pensamientos cambió. ¡Lo que es la guerra! Antes de vestirme con el camuflado, estaba concentrado en una mentalidad positiva, de crecimiento, de escalar a diario un pequeño escalón que usualmente me disfrutaba, de alejar cualquier intentona de autosaboteo; con las obvias excepciones que todos buscamos lidiar. Pero ahora la cosa había cambiado. Mis pensamientos de duda, de miedos y hasta trágicos, volvieron con alguna recurrencia. Lo que era cosa de un oscuro pasado pandémico ahora renacían apareciéndose como un espanto bobo varias veces al día. Lo tramposo de eso es que, muchas veces, no eres consciente de esa voz interior que de a poco va dinamitando tu vida. Afortunadamente me he preparado para atraparla con las manos en la masa. 
  1. También aparecieron algunos focos de ansiedad. No demasiados. Tampoco es que la transformación haya sido patológica. Pero ese es el enorme peligro de este fenómeno: se gestan cambios negativos reales que aparecen con alguna timidez, por lo que solemos ignorarlos o minimizarlos. Pero son la mecha de una megaexplosión futura. 

En todo caso, ahí estaba la señora ansiedad asomando la cabeza por estar yo ignorando la senda de crecimiento que me había trazado tiempo atrás, y por obviar el hábito de cultivar y cosechar las acciones que me conducen al cumplimiento de mis propósitos. Y fue ese desvío el que hizo crecer en mi esa ansiedad luego de que fueran más recurrentes los pensamientos con los que, en milisegundos y sin que los huelas, cuestionas tu progreso o tu optimismo por el futuro; dudas fugaces que te cruzan la cabeza como un cometa fantasma. 

  1. Por último, empecé a buscar un poco más “placeres”. No sé cuantitativamente qué tanto, pero sí observé que buscaba un poco más el salir con amigos, tomarme algo, ver una película, salir a comer. Claro, había que buscar un aplacador.

Todos estos efectos ya sabe explicarlos la ciencia:

  • Se pierde el sentido del “presente”, contribuyendo a que la mente divague, lo que a su vez incentiva la ansiedad o la depresión.
  • Se pierde el sentido de gratitud por enfocar la mente en circunstancias externas, ajenas al propósito propio.
  • La dopamina chatarra que libera la exposición a las redes sociales sustituye la dopamina generada por los actos de progreso y contribución al mundo. De modo que sientes “gozo”, pero un “gozo” de corta duración.
  • Se interfiere con el sentido de propósito por prestar más atención a motivaciones externas, como las respuestas o likes a tus comentarios – posts.
  • Se debilita la estabilidad emocional cuando nuestras rutinas se ven trastocadas. 

Han pasado unas cuatro semanas desde que pude realizar ese diagnóstico y puedo decir que, todavía hoy, los estragos de la guerra actúan sobre mí. Ahora entiendo por qué la desintoxicación o la terapia no es inmediata sino un proceso. No ha sido fácil reducir las horas de Twitter, a pesar de que, decir verdad, no pretendí cortarlo de tajo sino llevarlo de a poco. De manera natural. A hoy, puedo decir que ya lo he reducido a menos de 30 minutos al día. Pero lo curioso es que todo lo que me desbarató y que detallé arriba, me ha costado reconstruirlo. Parece banal, ¿cierto? No es que haya visto morir a un amigo en combate por culpa de una mina quiebra patas, pero pareciera que después de someterse a este tipo de “guerra” una versión de estrés postraumático queda instalada en la vida por un tiempo. En cualquier caso, ahí voy restableciendo mis rutinas desbaratadas, que antes se erigían como los cimientos que sostenían todo mi edificio y que ahora trato de recomponer luego del terremoto que la cruenta guerra, a la que tantos se someten creyendo que es campo de juego, produjo en mí. A ellos, ojalá este relato les sirva de algo.